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Sueño y crecimiento

27 enero 2015,   By ,   0 Comments

Los padres primerizos encontrarán en este artículo la razón por la que tienen esas inmensas ojeras durante los primeros meses de vida del bebé, daremos algunos consejos para conseguir mejorar la calidad del sueño desde el nacimiento del bebé pasando por sus fases de desarrollo hasta el comienzo de la pubertad para que toda la familia descanse adecuadamente. Cuando nacemos tardamos un tiempo en poder estabilizar el ciclo del sueño, dicho ciclo viene regulado por la luz del sol. No obstante, hasta después del mes y medio de vida los bebés no empiezan a regular su horario en base a estos parámetros, lo que origina el ciclo irregular del sueño tan característico en los bebés, alterando durante el primer mes la rutina de sueño de los padres.

Recién nacidos.

Durante el primer periodo los niños se rigen por sus necesidades básicas lógicamente, la necesidad de alimentarse cada 3 horas, estar cambiados y secos para evitar irritaciones molestas y sentir el calor de la madre es primordial. Aun así, a pesar de que sea de manera irregular, los recién nacidos pueden dormir una media de más de 11 horas prácticamente. Por supuesto no existe una fórmula mágica para evitarlo, esto es algo inevitable. No obstante, podemos preparar al pequeño para el futuro identificando sus gestos para saber cuándo tiene sueño, de esta manera podremos acostarlo antes de que esté dormido por completo para ayudarle a establecer sin esfuerzo pautas que le ayuden a crear una rutina. La posición correcta en la cuna ha de ser boca arriba y colocando al bebé en el colchón que evite que quede tapado por completo por la manta o las sábanas.

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De los 6 meses al primer año.

Al llegar a los seis meses, las noches se van haciendo más tranquilas para los padres. El niño deja las tomas nocturnas y puede comenzar a dormir periodos más largos durante la noche alternando con pequeñas siestas durante el día, que poco a poco irán disminuyendo hasta alcanzar el año de edad. Es clave durante este periodo empezar a educar al niño a irse a dormir a las mismas horas, hacer de este momento algo divertido para ellos. Se puede por ejemplo leer un cuento o hacerles compañía durante un rato, pero sobre todo no usar el irse a la cama como una forma de castigo. Dependiendo del niño y también de lo bien que lo hagamos en el punto anterior, la dependencia de los papás será mayor o menor.

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Entre 1 y 2 años.

A medida que los niños van creciendo se reducen las siestas. Es importante que sea así para que el sueño durante la noche sea más profundo y placentero, las siestas largas o avanzada la tarde pueden afectar a la noche, el periodo más importante para su desarrollo. También es posible que durante este periodo comiencen a aparecer las pesadillas por lo que deberemos tener paciencia extra y es muy probable que visiten la habitación de los padres con nocturnidad. Debemos intentar que vuelvan a su cama, es mejor acompañarles hasta que vuelvan a dormir que darles permiso para dormir entre los papás. Un buen ambiente que favorezca el sueño es importante, si es necesario colocaremos luces muy leves que le ayuden a orientarse.

Empieza el cole.

Es muy probable que las pesadillas persistan desde los 3 a los 5 años con más o menos asiduidad. No obstante, tendremos la ventaja de que las rutinas y horarios del colegio harán mucho más fácil alcanzar el sueño a la hora de irse a la cama. No es recomendable que vean la tele hasta justo antes de irse a dormir por la excitación que les pueda causar.

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De los 6 a los 13 años.

Durante este periodo se dan numerosos cambios en la vida del niño. Se empiezan a hacer mayores y aumenta su vida social con otros niños, fiestas de cumpleaños, posiblemente empiecen a participar en alguna actividad extraescolar etc. La rutina del sueño puede verse afectada ante todo por el interés en videojuegos, televisión y demás productos tecnológicos, algo que cada vez ocurre a edades más tempranas. En sí mismos estos productos no representan ningún peligro para el descanso, si se hace un buen uso de la tecnología puede ser un buen aliado para el desarrollo y el aprendizaje, pero en ningún momento debemos dejar que se convierta en un instrumento de evasión que lleve al niño a un uso dependiente y prolongado.