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De visitas nocturnas

04 noviembre 2011,   By ,   0 Comments

Llevamos así ya más de dos meses. Recibiendo visitas nocturnas. Por lo general entre las dos y las tres de la mañana, a esa hora en la que estás dormido profundamente  y no sabes ni cómo te llamas, y menos aún qué vínculo te une, si es que te une alguno, con esa criatura de menos de un metro de altura que te está despertando.

Es ya una práctica habitual. La niña (dosañosymedio) se levanta y sin decir ni pío ni mú, ni ninguna otra onomatopeya animal, viene sigilosamente, en medio de la total oscuridad, hasta nuestra cama y me da golpecitos en el brazo, con suavidad, eso sí, hasta que me despierto, momento que aprovecha para encaramarse y meterse en nuestra cama. Y os diré que esta excursión –realizada con nocturnidad, premeditación y alevosía- tiene mérito añadido, porque al acostarla la dejamos bien sujeta a la cama con una de esas sábanas fantasmas que se cierran con cremallera y les dejan solo fuera los brazos y la cabeza, y que deberían mantenerla inmovilizada toda  la noche.

Pero se ve que ya tiene mi niña la maña suficiente para bajar la cremallera y zafarse del invento. Y no sé por qué no inventan un prototipo superior de sábana fantasma, que tuviera candado y llave. Ahí lanzo esta idea de negocio. Y habrá quien me llame de todo por sugerir esto, y quien me diga que hay que probar otros métodos de persuasión para convencer a la niña de que debe mantenerse en su cama, tan cómoda, tan agradable, tan diseñada y tan pensada para su descanso, y no venir a la nuestra. Pero qué queréis que os diga, que seré una floja, pero a esas horas de la noche mi capacidad de diálogo y de persuasión está bajo mínimos; vamos, que no me sale ni la voz.

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